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lunes, 25 de marzo de 2013

Lo que pasa en castillos


 EL CASTILLO

La escuela era como ese periodo tedioso y molesto que hay que vivir en las mañanas para empezar el día. La verdadera vida, en esos momentos, era al salir: me veía con Adriana e íbamos al castillo. Ella fue la que me mostró el castillo y, de cierta forma, también lo creó.


-Te quiero enseñar algo
-¿Qué es?
-Un lugar. Te va a gustar, apenas lo encontré.

Ella comenzó a caminar con una impaciencia alegre. Yo quería que tuviéramos el riguroso ritual de hablar de nuestras vidas, pero ella más bien se volteaba para sonreírme de vez en cuando.
Atravesamos una banqueta en donde, en sus costados, se elevaban a media altura unos arbustos totalmente verdes. Desaceleró su ritmo y entreabrió los labios mientras las yemas de su mano derecha rosaban las pequeñas hojas que se enfilaban hacia nosotros. La miré a los ojos y muy dentro de ellos vi cómo resplandecía una sonrisa que su boca no me daba.

-¡Vamos! Que se hace tarde
- Ya voy, ya voy – contesté con un tono de broma –

Subimos por una calle inclinada por la que nunca había pasado. Dimos la vuelta en una esquina donde, en una tienda con apariencia polvosa,  un par de hombres con sudor seco y camisetas enmugradas tomaban cervezas claras sentados en la banca que ponía la tendera.
Ya no parecía estar en la misma ciudad. El silencio y la tranquilidad me trasladaban hacia algún pueblo de los que abundan en el país.

-       Aquí es
“¿Aquí es?” – pensé
Era un muro alto que escondía en el descuido un color amarillo. En medio del muro, una puerta de aluminio pintado de blanco y corroída por el óxido nos saludaba. Ella metió la mano a la pequeña bolsa tejida que traía colgando. Sentí que buscaba sus llaves y, durante este lapso, me pregunté por qué me trajo a su casa.
            La palabra sexo se atravesó por mi mente y me hinché en orgullo. “será que tan rápido ella…”

No sacó sus llaves sino una billetera también tejida por artesanos. Luego sacó de ella una tarjeta enmicada del Blockbuster. Jaló la puerta por la manija e introdujo la tarjeta por la ranura a la altura de la chapa. Sacaba la lengua de lado en señal de esfuerzo. La puerta se abrió.
            Era una construcción enorme. Estaba revestida con yeso blanco un poco deteriorado. Tenía tres pisos de altura más unas escaleras de cemento que conducían al sótano. Por cada piso unos adornos de pecho de paloma se afilaban hacía arriba. No tenía ventanas, sólo los grandes espacios destinados para este propósito. Eran dos en el último piso y, vista desde abajo, parecía una gran calavera con los ojos desorbitados. Por afuera, la casa se rodeaba de espacios para jardines, los cuales estaban invadidos por maleza seca y enmarañada que crecía hasta nuestro ombligo.
            Desde afuera y, al mirar hacia dentro, se miraba una atmósfera lúgubre. Tenía una puerta de madera que ya estaba partida y los pedazos de barniz viejo se caían a pedazos como costras.
            Ella tomó mi mano y me llevó hacia dentro.

-       Está padre ¿no? La encontré porque vivió acá a lado y no sé cuanto tiempo lleve abandonada.
-       Sí, está increíble, ¿pero no crees que haya bronca por meternos así?
-       No creo. Si nadie la ocupa pues está bien darle algún uso ¿no?

Yo le quise creer porque ella me gustaba y porque era como una pequeña aventura que estaba viviendo.
            Nos metimos y sentimos el frescor de la humedad que sudaban las paredes.

-       Nunca he traído a nadie más que a mi amiga Paty y ahora a ti.

Pasamos por el espacio que ocuparía la sala donde había una chimenea nunca antes usada. Todo el suelo gris estaba lleno de tierra y polvo. Unas cubetas y un bulto de cemento a la mitad estaban amontonados en una esquina.

-       ¿Te imaginas cuántas cosas se podrían hacer aquí?

Subimos por las escaleras amplias y sin barandal. Al llegar al segundo piso se veían distintas habitaciones sin puertas y sin muebles, siempre con el mismo color cemento.

-       No sé, a mí me gusta, me imagino tantas cosas.

Seguimos subiendo hasta el tercer nivel que ya no parecía tan terroso. Desde ahí se iluminaban las paredes blancas de una habitación con el sol de media tarde. Ahí, había varios botes de pintura abiertos. Ella caminó hacia ese cuarto.

-       Aquí vengo casi todos los días

Al entrar, estaban regados en el suelo papeles blancos con dibujos coloridos. Y, en las paredes, pendían con cinta canela otros dibujos más elaborados: había un caracol con su concha roja y un fondo azul intenso; un árbol lejano y solitario gobernando un valle de verdes pastos; otro lucía dos figuras humanas abrazadas con fuego entre ambos en medio de un laberinto en blanco y negro; también había otro con un ave en pleno vuelo con las alas extendidas sobre el horizonte pastoso creado con óleos.

-       No sé por qué te enseño esto, nunca lo hago, más que con mi amiga Paty. Mira – y tomó una hoja grande con un dibujo sin forma pero con intensidad de colores y trazos y me lo tendió – ésta es ella, o al menos así la veo. Tal vez algún día también te dibuje.
-       ¿Cómo me dibujarías?
-       No sé, todavía no te conozco.
-       ¿Entonces?
-       ¿Entonces qué?
-       Por qué me traes sin conocerme, dices tú.
-       Pues no sé, ya te dije. Supongo que me inspiraste confianza. O tal vez sea mi necesidad de compartir mi vida un poquito. – tomó un momento y se volteó hacia una pared —Mira

Me llevó hacia la pared, y ya estando cerca, pude ver que tenía unos trazos leves en lápiz que creaban la silueta de una mujer que se parecía mucho a ella. Tenía los ojos grandes y la cara redonda, un pelo largo que se mecía con el viento a la derecha, la nariz pequeña y una boca cerrada. Estaba desnuda y tomándose el pecho como la venus naciendo. Lucía un rostro sereno y pacífico mientras miraba con el brillo de la esperanza. Su cuerpo no era como el típico estereotipo de belleza, no tenía pechos gigantes ni tampoco era demasiado delgada. Estaba cómoda en su desnudez y su belleza natural.

-       ¿Eres tú?
-       Ja, ja, lo mismo dice Paty pero no creo, supongo que cuando una dibuja no puede dejar de hacerse a una misma.
-       Me gusta ¿Cuándo lo terminas?
-       No sé, no me gusta apresurarme
-       Me gustaría verlo terminado.
-       Algún día.


Pasamos la tarde hablando hasta que las primeras estrellas se aparecieron y la noche cubrió el cuarto que antes era de luz; pero en este tiempo nunca hablamos de nuestras vidas, como había pensado por la mañana al imaginarme la cita. sólo hablamos de la vida en sí.
            Como en ese tiempo no tenía ninguna obligación más que ir a la escuela por las mañanas y ella tampoco, nos veíamos a un lado de la fuente con leones que está en el centro y subíamos a la casa de muros amarillos toda la tarde hasta la que la luz se extinguía. Antes de entrar, comprábamos frituras y bebidas refrescantes en la tienda de la esquina para sofocar el calor de abril. La tendera siempre nos sonreía.
            Al principio, yo la miraba pintar sobre los trozos blancos de papel con sus propios dedos, hasta que ella empezó a sentirse demasiado observada. Entonces empecé a llevar mi guitarra y mis libros para estar junto a ella sin ser agobiante. Empecé a componer canciones de amores verdaderos y de viejas historias que hablaban de dragones chinos.
            Yo sentía esta casa como un castillo, con colores mágicos en el cuarto iluminado y un aspecto lúgubre por afuera. Así lo llamamos: El castillo.

            Fue un martes por la tarde cuando conocimos a Gabriel y a Laura en la tienda de la esquina. Compraban cerveza y reían entre ellos. Parecían más grandes que nosotros y sentimos que les agradamos porque nos preguntaron qué haríamos. Al final los invitamos a la casa y bebimos cerveza mientras Gabriel y yo nos intercambiábamos la guitarra. Sus canciones parecían mejores que las mías porque eran populares y todos las cantaban, en cambio, las mías producían un silencio algo incómodo, pero por cortesía todos me aplaudían y me adulaban un poco.
            Les pareció la casa, nuestro castillo, un espacio increíble y pronto se volvieron parte de la cotidianeidad cuando empezaron a ir diario. En lo personal prefería el espacio entre las tres y las cinco de la tarde cuando ellos todavía no llegaban, y yo estaba a solas con Adriana. Pero a Adriana parecía agradarle mucho su compañía y a mí tampoco me molestaba.
            Al cabo de un tiempo nos hicimos íntimos los cuatro. Un día que nos quedamos solos mientras ellas iban al baño, Gabriel me dijo que debería decirle lo que sentía. Yo me sonrojé y fingí no saber de lo que hablaba. Él no hizo más comentarios.
            Nunca me sentí totalmente cómodo con Gabriel. Aunque en un principio ambos teníamos la disposición de platicar más, había un velo puesto de mi parte, pero no porque quisiera, sino porque su figura y todo lo que él representaba me intimidaba y, a mí entender, era preferible quedarme callado que decir alguna tontería y pasar como un bobo ante sus ojos. Primeramente la edad jugó un papel crucial en esta relación ya que era mayor. Pero lo más intenso venía de su aspecto físico, todo el conjunto: la estatura desarrollada, las camisetas blancas y sin manga que siempre usaba y dejaba a la vista unos brazos gruesos y rayados con tatuajes, la barba tupida que le cubría el rostro y, sobre todo, su mirada: esos ojos grises e inquisidores que guardaban silencio pero que parecían cuestionar a cualquier interlocutor.
           
Gabriel llevó a dos amigos más, unos argentinos de veititantos que fumaban muchos cigarrillos. Bebimos cerveza de nuevo hasta la madrugada. Uno de ellos le alababa la belleza a Adriana y ella sólo agradecía.
            Estos dos amigos, a la semana siguiente, llevaron a más amigos para beber. Ese día yo no bebí y acompañe a Adriana a su casa temprano, ellos se quedaron en el castillo. Al poco tiempo los otros amigos habían invitado a más amigos. Y nosotros dos seguíamos usando el cuarto más iluminado de hasta arriba, pero en los pisos de abajo ya se escuchaba música de un aparato con pilas.
            Cada tarde sentía más gente conviviendo en el castillo. Adriana, a pesar de no conocer a la mayoría, con todos reía y bromeaba, pero después de un momento, ambos nos encerrábamos en el cuarto iluminado con dibujos por todos lados. Pero yo ya no hablaba en mis canciones sobre amor, sino en castillos y dragones.
            La mayoría de las paredes del castillo se llenaron de dibujos de diferente naturaleza. Mis dibujos preferidos, después de los de Adriana, eran los de Laura. Ella creó unas sirenas con cabellos de diferentes colores sobre la pared más grande del segundo piso. Gabriel, justo enfrente de esta pared, había hecho una composición colorida de peces de diferentes tamaños que tenían dientes afilados. Me gustaba pasar por ahí.
            Un amigo de alguien conocía a alguien más en la compañía de electricidad  y pronto hicieron una bajada clandestina para poder tener electricidad. Así la casa ya también tenía vida por la noche.
Por la tarde, de cinco a seis, ensayaba una banda de rock progresivo en la sala de la planta baja. En el cuarto principal del segundo piso, que tenía baño, instalaron dos máquinas de coser antiguas y un grupo de cinco o seis personas hacía costuras de vestidos exóticos. En el cuarto contiguo al nuestro, un maestro de poesía cuarentón hizo un taller de escritura surrealista con algunos discípulos, le llamaban maestro Cerillo. En el sótano se instaló un taller de bicicletas y llevaron herramienta. También ahí, en las mañanas, iban algunos artesanos a hacer figuras de hierro forjado. En la planta alta, junto a nuestro cuarto se hacía de siete a diez un taller de escultura contemporánea.
Gabriel parecía tener el control de cada actividad que se realizaba en el Castillo. Y, a pesar de sentirme algo invadido y como un huésped en mi propia casa, admiraba todo lo que se había logrado, y no me oponía a ninguna propuesta que se hacía en martes, el día de la junta semanal, aunque debo señalar que sólo asistí a las dos primeras reuniones.
Al principio establecimos una regla de que no se podía beber entre semana, sólo los viernes y sábados por la noche. Las drogas siempre estaban prohibidas. Adriana y yo cedimos en todo, con la condición de que no se metieran a nuestro cuarto iluminado del tercer nivel. Pusimos una cerradura que consistía en un candado amarillo.
Yo ya no componía con todo el ruido.
Las sirenas que había dibujado Laura desaparecieron para dar paso a una composición contemporánea sobre la belleza de lo grotesco. Laura desapareció también cuando se enteró que Gabriel se besuqueaba con una estudiante de artes llamada Lola. Lola amaba la belleza de lo grotesco.

Los viernes se hacía una muestra de trabajo semanal donde se bebía vino barato y el maestro cuarentón leía poemas y le seguían sus súbditos con algunos relatos.
Un día salí al patio que nunca fue podado a ver las estrellas. Y ahí estaba Gabriel con un círculo de hombres. Vi que estaban fumando marihuana. No dije nada.

-       Las reglas son para romperse – me susurró y tocó mi hombro


Cuando le platiqué a Adriana sobre lo que vi, ella pareció no importarle. En cambio me pidió una sugerencia para adornar el  bodegón multicolor que estaba pintando sobre la pared.

-       Como que a mí ya no me late Gabriel.
-       No importa, está haciendo algo por todos aquí, tú no te preocupes.—ella siguió de espaldas trazando con sus dedos a manera de pincel— Creo que ya voy a empezar a ponerle colores al dibujo de la pared de ahí.
-       ¿A la venus?
-      

Ahora también los argentinos tenían una banda experimental casi toda la tarde, y me atormentaban sus sonidos. También a la semana siguiente se inauguró el taller de tatuajes y Gabriel sugirió borracho en medio de la fiesta del viernes, que todos debíamos tatuarnos un castillo. Muchos gritaron con excitación. Sólo el maestro Cerillo protestó.
            No sabía qué era lo que me molestaba en realidad de todo esto. Sentía que se estaba banalizando el concepto original, pero no dije nada. Porque de todos, era yo el que menos hacía cosas.
            Creo que amaba a Adriana demasiado, pero mi falta de pericia me impedía llegar a otro paso. Ella, por su parte, parecía un ente aparte de todo y todos. Dejó de platicar con la mayoría y sólo hablaba por ratos conmigo. La otra parte se la pasaba haciendo dibujos, algunos hermosos, y al terminarlos los apilaba en el espacio que serviría de closet en la habitación iluminada del cuarto del tercer nivel.
            Una tarde llegué un poco cansado y no vi a Adriana, entonces me dirigí a nuestra habitación. Me recosté en el colchón inflable que llevamos para descansar y me perdí en el sueño. Me levantó un tumulto lejano. Era una riña entre el maestro de poesía y los tatuadores de apariencia ruda.
            Cuando salí, estaba alegando un tatuador gordo que el maestro Cerillo o uno de sus discípulos había robado su maquinita para inyectar tinta. El poeta respondía con arcaísmos e insultos decimonónicos.
            Gabriel trató de tranquilizar a los hombres y, en cambio, acusó a uno de los argentinos, que en ese momento estaban ausentes, de haber hurtado el artefacto. Todos tranquilizaron. Nunca volví a ver a los argentinos.
            La cerveza se hizo cotidiana en cualquier día y a cualquier hora. Y las botellas familiares se apilaban junto a los botes y el cemento. El baño comunal expedía un olor a encierro e inmundicia y los gritos vulgares cada vez eran más normales.
            Una mujer flaca que controlaba el taller de escultura y su séquito, sabotearon un mural que tenía por temática el poder del hombre. Ellas acusaban al autor, un joven norteño, de ser machista y patriarcal. Arrojaron pintura roja sobre él y su mural.
            Sólo nuestro cuarto iluminado del tercer nivel nos proporcionaba paz. Adriana comenzó a colorear su imagen desnuda en la pared. Después de haber estado sin ropa toda la tarde frente a mí para servirse de su propia modelo. Sacó del pilar de dibujos un dragón que tenía pocas escamas. Tenía fuego por  los ojos. Sus garras eran pequeñas pero bastante afiladas y miraba hacia el cielo. Su cuerpo se enroscaba en una espiral terrible que controlaba las tinieblas.

-       te dije que algún día te dibujaría. Así te siento.

Esa noche, mientras mirábamos la oscuridad del cuarto me confesó que alguna vez tuvo una amiga que se llamaba Paty, pero que murió hacía un par de años. Esa noche fue lo último que nos dijimos. Por las noches la amaba más porque era cuando no estaba conmigo, pero esa noche la amé de verdad al tenerla a mi lado. Esa noche dibujamos sus más hermosos trazos con nuestros cuerpos. Esa noche se convirtió en canción.
Esa noche dormimos juntos.

Adriana me mandó un mensaje de texto diciendo que esa semana no podría ir al castillo. Yo tampoco fui porque precisamente coincidió con las fechas de entregas finales de la escuela. Tampoco tenía mucho caso enfilarme a ese lugar si ella no iba. Ahí entendí que dejé de amar el lugar y Adriana pasó a ocupar la totalidad de mi cariño.

El sábado por la tarde fui al castillo porque había dejado mi guitarra la última vez que estuve con Adriana. Sería una visita rápida: subiría las escaleras, abriría el candado amarillo y me llevaría mi guitarra.
            Cuando entré en la casa se llevaba a cabo una fiesta llena de gente desconocida. La mayoría bailaba frenéticamente y parecían absorbidos por algún pensamiento profundo. Exhalaban humo a través de la barrera de los dientes podridos. El olor a humedad, tabaco, crack y marihuana se mezclaba con estas formas flácidas. Cuando entré, algunos que me conocían sólo me seguían con la mirada pero no dijeron nada. Subí las escaleras hacia el segundo nivel. Ahí, en el taller de costura, junto a las máquinas viejas, estaba Gabriel con un grupo de hombres y mujeres. Todos lo miraban mientras él estaba sentado sobre una cubeta volteada. Cantaba “like a rolling Stone” con los ojos cerrados, mientras sus manos digitaban acordes en el brazo de mi guitarra valenciana.
            Me introduje, lo miré, esperé a que terminara de cantar y arrebaté mi guitarra. Todos me estrecharon una mirada reprobatoria y dijeron para sí mismos “qué mala vibra trae este carnal”. Gabriel sólo se sonrió para los demás y no me volvió a mirar.
            Pensé entonces que nuestro candado, y nuestro cuarto luminoso del tercer nivel habían sido violados. Subí rápidamente con mi guitarra en mano y el cuarto ya no era luminoso. Quedaban unos pocos dibujos de Adriana pisoteados en el suelo. Los iluminaba tristemente la poca luz que se colaba de los niveles inferiores. Traté de levantar algunos y acercarlos a mi pecho.
            Volví la mirada a la pared donde estaba el dibujo de Adriana como venus naciendo. Pero ya no había ninguna venus. Ya no había ningún color. Ahora sólo un ojo observador. Sobre la pared en la que antes estuviera el maravilloso dibujo de Adriana, había ahora, un ojo, un ojo terrible y maldito con serigrafía negra. Debajo del ojo se leía “Gabriel” a manera de firma. Era un dibujo de él. Había marcado su territorio como un perro haciendo un dibujo de un ojo inquisidor y diabólico, como el de Gabriel. Recogí los dibujos y busqué a Gabriel, pero no lo encontré de inmediato. Recorrí la casa y sólo me encontré con despojos humanos, cuerpos fuera de sí mismos. Riendo a carcajadas de cualquier tontería. Otros absortos en sí mismos.
            Salí por la puerta de madera hacia el jardín lleno de maleza.
            Ahí estaba Gabriel. Estaba sonriente y tranquilo.

            No supe qué decir. Traía la guitarra en la mano. Pero en ese momento vi un acumulamiento de luces rojas y azules que pintaban las fachadas de los vecinos y el cuarto iluminado del tercer nivel ahora se llenaba de estas luces. Empezaron a sonar las sirenas.
            Vi sombras arrastrándose por el tejado del castillo para asaltarlo como gárgolas sobre una catedral
Por el muro amarillo que nos protegía del exterior, se asomaron las sombras y en las manos cargaban rifles largos. Sus caras encapuchadas producían terror y asombro. Gabriel se metió en seguida. Un altavoz nos ordenó que saliéramos con las manos en alto. Una sombra se me acercó con actitud felina apuntándome con su rifle. Otros más se introdujeron corriendo tirando la puerta de madera con un ariete negro.

            Mis padres pagaron la fianza por allanamiento de morada. A otros más se les acusó de delincuencia organizada pero afortunadamente a mí no me acusaron así. Mi guitarra desapareció junto con los dibujos de Adriana.
            Aparentemente la tendera de la esquina estaba harta de que algunos borrachos orinaran en su entrada y abandonaran en ella botellas vacías. Pero llamó al dueño original del castillo cuando robaron la banca que ofrecía a sus clientes para tomarse un refresco.

            Jamás volví a ver a Adriana, su número de teléfono dejó de existir y renuncié a buscarla en su casa a las dos semanas no saber de ella.
            Podría decir que tampoco volví a ver a Gabriel, aunque no sé si cuente haberlo visto en la televisión. Apareció con su mandíbula grande, los tatuajes en el brazo y su pelo enmarañado en un programa, en donde lo entrevistaban por haber iniciado el primer centro cultural alternativo de la ciudad desarrollado en una casa okupa. Lo felicitaban y daban testimonio de sus logros culturales.
 Maldije su nombre.













           



domingo, 8 de abril de 2012

Aleteo de insomnio


al mismo tiempo que escribo esto, tengo en mi mano derecha una camiseta semi-apestosa la cual uso a manera de arma, para defenderme de esos ataques tan severos que me propinan las entidades voladoras de la habitación; en este caso me bato en una contienda por la supremacia del espacio aéreo con una mosca de gran tamaño, cuerpo azulado y ruidosas alas que crean sonidos más graves que otras. Ha sido una combatiente valerosa, y aferrada a la vida: Tengo la sospecha que ha resucitado, pues hace un par de horas le propiné unos buenos camisetazos, y su cuerpecito regordete cayó, justo debajo del foco, evidenciando el mosquicidio, se le veía una alita doblada y se percibía inmóvil, me retiré de sus restos, casi con reverencial respeto, pero también con satisfacción.

Antes de esto, volaba con soltura, inadvertida de mi enojo, o tal ves no? desconfío cuando vuela en círculos chuecos, justo al rededor de donde estoy, se pasea detrás de mi cabeza acrecentando ese zumbido grotesco tan susceptible de aborrecer. Controlaba su vuelo por ventanas y paredes altas, interrumpiendo mis vagos pensamientos, interrumpiendo también banalidades, pero no importa, me sentí agredido, cual canino en su territorio, y me molestó su actitud, cual si fuera una hermosa mariposa, se postraba ante mi, en medio de la gran pared blanca, para que la admirara, pero no la podía soportar "éstas son las cosas que me descomponen" (como dijera una liebre), ante todo, detesto su soberbia y atrevimiento, la odio porque es fea y gorda, y porque no se calla, su cuerpo lleno de cebo y mugre, numerosos ojos mal proporcionados, y una especie de trompa con la cual succiona toda la mierda que encuentra, con la cual chupa cualquier dulce, y unos ralos pelillos para adornar esa horrenda creación. Lo peor es que aún con el conocimiento de todo lo anterior, se atreva a querer llamar mi atención de la manera más castrante.

Debo decir que no siempre me tomo el compromiso de una lucha con este tipo de entes, hay veces en que mi buen humor sofoca sus impertinentes provocaciones, pero en otras, como hoy, la batalla fue inevitable, la vi, y sé que ella me miró tambien, y aún así optó por el reto, aguardé un poco, esperando, que partiera por el espacio que se hacía en la puerta casi cerrada, pero no lo hizo, hubo silencio, y luego un zumbido, y éste crecía y decrecía. Ella se escondía entre la reberberancia que crea el foco cuando lo ves directamente, (un truco bien aprendido entre sus similares) acto cobarde considero, luego se puso justo frente a mi vista, en esa gran pared blanca, y ahí, se veía como una oda a la imperfección de la blancura, luego con osadía y soberbia, se posó, sobre mi desnudo dedo del pie, el más gordo, y comenzó a frotar sus patitas para dejar su suciedad en mí, sentí su mirada burlesca, y encendió mi ira, me abalancé sobre ella, con un calcetín que estaba a mi lado, pero no fui muy certero, y ella evadió mi ataque, hube que olvidar y dejar lo poco que estaba haciendo. Comenzó la parte crítica de esta contienda. Parado, con el calcetín en mi mano en posición de ataque, justo en medio de la habitación, agudizando los sentidos, para saber donde estaba, volteando a todos lados, sigilosamente, y abanicando en el aire, al primer zumbido que escuchaba, sé que mi cara se empezaba a descomponer, pues debí verme como un perfecto imbecil con la boca abierta y mirada esquizofrénica, pues sentía sus burlas cuando escuchaba el revoloteo de sus alas cerca de mis oídos, entonces, casi decidía abandonar esta empresa, pero era demasiado tarde, la muerte acechaba, y no cabíamos ambos en esta habitación, nuestro ego era muy grande. Violando mis propios estatutos, tomé la casi apestosa camiseta azul como arma, es más grande, aumentan las probabilidades. Entonces la vi, parada sobre el muro azul, inmovil, ahora ella se escondía, presentía el peligro, me acerqué con sigilo, contuve la respiración... y lanzé mi golpe, fallé, pero en seguida la volví a ver casi en el mismo lugar, pretendiendo engañarme, pero volví a golpear, esta ves mi camisetazo fue certero, y salió volando al suelo, respiré, y mirando con furia busque su cadaver de mosca, fue cuando la vi, no con lástima, sino con alivio, casi con un poco de nostalgia, tirada sobre su costado, con las patitas chuecas y encogidas, como si hubiera sufrido en los últimos momentos, no sé qué sensaciones arrancó, supongo que resucitó alguna emoción, y por esa razón traté de respetar sus restos, que estaban postrados ahí, bajo el foco, silenciando el presente.

me aburrí y regresé a hacer otras cosas, el tiempo siguió avanzando, como siempre, y esta historia casi estaba olvidada, hasta que volví, con desconfianza por mis salud mental, a escuchar zumbidos, lejanos sí, pero eran zumbidos, busqué con horror sus restos, y habían desaparecido, fue entonces que empecé a escribir esto, y mientras tanto, no ha dejado de molestarme, y he estado a punto de matarla de una vez por todas, pero esta ves detuve mi ataque, creo que con todo esto, le he tomado cariño, y ahora ella está descanzando, a mi vista, en las persianas, no sé si ir, y acabarla.